había llovido y cerca de la carretera no pasaba ningún coche, ni había ningún ruido cercano.
Una cuesta de piedra y arena, y una cala de arena y mar apareció ante nosotros. La lumbre de mi cigarro
era la única luz que había en aquel sitio, aparte de la luna, que vergonzosa, no salía completa.
Pasos sobre un camino imaginario nos acercaron a unos metros del agua. Ella y yo estábamos
disfrutando de esa pequeña evasión del mundo que habíamos encontrado. Generalmente, en la época
que estabamos, en la orilla del mar hace frío, pero no lo tuve por que estaba conmigo.
Un par de abrazos, besos encariñados y alguno caprichoso y lujurioso que se nos escapó, hicieron
de una banal playa un recuerdo duradero.
Aún cierro los ojos y escucho el mar golpeando rítmicamente, y el viento susurrando frías palabras
contra mi piel.
