Entra al bar que está cerrando ya. Las sillas encima de
las mesas, un hombre pasando una fregona, las luces están apagadas
menos en la barra.
La barra, un taburete.
-Señor, estamos cerrando.
-Solo busco un vaso...
El barman observa al extraño visitante. Cruza las
miradas con su compañero y hace un gesto para que el cliente se
acerque a la barra.
-Si solo es un trago, permítame preguntarle que le
pongo.
-Un Bourbon- el camarero se gira señalando la selección
de botellas- ese mismo, con hielo.
La botella aparece instantáneamente sobre la barra de
madera color caoba. Los codos encuentran descanso sobre ella,
mientras las piernas dobladas se sientan en la silla alta.
En un vaso de cristal caen tres o cuatro cubos de hielo,
que tintinean en las paredes. Una mano ágil desenrosca el tapón y
un chorro del ambarino líquido cae, agrietando las heladas figuras.
Una pitillera se mueve entre los dedos del degustador.
-¿Puedo?
-Por supuesto-. Un cenicero se deja ver ahora, al lado
del vaso. Una cerilla prende su fósforo ardientemente, y luego cae
hasta casi consumirse, pero aguanta lo justo para encender la punta
de cigarrillo.
Se extingue dentro del guarda-cenizas.
Con la mano, agarra la bebida, y entre los dedos, el
tabaco. Toma un ligero trago paladeando todos los sabores y aromas.
Madera, con un regusto amargo y expresivo. Agradable, fuerte y único.
Da un calo al cigarrillo mientras termina de tragar.
El hombre que le ha atendido está absorto repasando un
par de copas, que de vez en cuando mira a contraluz. Impecables.
Sigue limpiándolas.
Un nuevo trago y una oleada de humo en sus pulmones.
Pasan varios minutos y la boquilla yace arrugada contra el vidrio del
cenicero y solo quedan unos sorbos de bourbon. Lo agíta en círculos
y lo deja descansar antes de terminarlo. Se recoge la manga de la
camisa y observa el reloj. Son ahora mismo las 3:79.
Deja un billete bajo el vaso, se levanta y se va. Hoy
era la noche del hombre de las 3:79, su cigarrillo y su placer.

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